El ejecutivo que no puede desconectarse ya está perdiendo

Por Valeria Torres, Psicóloga Corporativa

 

Hay una fotografía que un ejecutivo me mostró una vez de unas vacaciones familiares.

Debería haber sido una foto cualquiera. Su esposa sonreía. Sus hijos estaban a su lado. Detrás de ellos había uno de esos paisajes por los que las personas pasan meses planeando un viaje.

Pero cuando me mostró la fotografía, no habló del lugar.

Señaló su mano.

Tenía un teléfono.

"Ni siquiera recuerdo qué estaba resolviendo", me dijo. "Pero sí recuerdo que me molestó que quisieran que guardara el teléfono para la foto."

Se rio al decirlo, aunque ninguno de los dos lo encontró particularmente gracioso.

Lo que le inquietaba no era haber respondido un correo durante sus vacaciones. La mayoría de los ejecutivos lo ha hecho alguna vez. Lo que realmente le incomodaba era darse cuenta de que, incluso en un momento que había creado intencionalmente para alejarse del trabajo, una parte de él nunca se había ido.

Su cuerpo había viajado.

Su mente seguía en la oficina.

He pensado muchas veces en esa fotografía porque representa algo que observo con frecuencia entre ejecutivos altamente exitosos. La incapacidad de desconectarse suele interpretarse como una prueba de ambición. A veces incluso se lleva como una insignia de honor: el líder que siempre está disponible, siempre pensando, siempre resolviendo, siempre un paso adelante.

Pero existe otra posibilidad de la que rara vez hablamos.

A veces, el ejecutivo que no puede desconectarse no está demostrando compromiso.

Está demostrando que el trabajo ha adquirido demasiado control psicológico sobre él.

Estar disponible no es lo mismo que ser valioso

Hubo una época en la cultura empresarial en la que estar permanentemente disponible se convirtió en sinónimo de importancia. La persona más ocupada debía ser la más valiosa. El ejecutivo que recibía mensajes a medianoche debía cargar con enormes responsabilidades. El líder cuyo teléfono nunca dejaba de sonar claramente tenía que ser indispensable.

Entiendo por qué esta identidad puede resultar atractiva, especialmente para hombres de alto rendimiento. Sentirse necesario produce satisfacción. Ofrece una prueba inmediata de relevancia. Alguien necesita tu criterio. Alguien necesita tu aprobación. Alguien no puede avanzar hasta que respondas.

Durante años, eso puede parecer éxito.

El problema comienza cuando la disponibilidad se convierte en parte de la manera en que mides tu propio valor.

Entonces el silencio empieza a resultar incómodo.

Un teléfono que no suena no se siente como paz. Se siente, extrañamente, como irrelevancia. Un fin de semana sin problemas genera el impulso de comprobar si ha ocurrido algo. Las vacaciones se convierten en alejarse físicamente mientras se mantiene un centro de comando digital desde algún lugar más hermoso.

En ese punto, la pregunta ya no es si trabajas mucho.

La pregunta más interesante es por qué se ha vuelto tan difícil no trabajar.

Algunos líderes no temen al descanso. Temen volverse irrelevantes.

Cuando los ejecutivos me dicen que les cuesta desconectarse, la explicación suele ser práctica.

"Están pasando demasiadas cosas."

"Mi equipo todavía me necesita."

"Simplemente estamos atravesando una etapa muy exigente."

A veces esas explicaciones son completamente legítimas. El liderazgo implica responsabilidades reales y existen períodos en los que una disponibilidad extraordinaria es necesaria.

Pero cuando todas las etapas se convierten en la etapa exigente, empiezo a hacerme preguntas.

Porque detrás de la conexión permanente puede existir algo mucho más personal que la carga de trabajo.

Control.

Para algunos líderes, permanecer conectados reduce la ansiedad porque conserva la sensación de que nada importante puede ocurrir sin que ellos lo sepan. Para otros, involucrarse constantemente protege una identidad construida alrededor de ser indispensable. Si todos pueden funcionar perfectamente mientras tú no estás disponible, puede aparecer una pregunta incómoda:

¿Qué tan necesario soy, realmente?

Esa pregunta resulta particularmente difícil para los ejecutivos que han pasado décadas convirtiéndose en la persona de la que todos dependen.

Por eso permanecen conectados.

No siempre porque la organización lo necesite.

A veces porque su identidad lo necesita.

Tu cerebro nunca fue diseñado para vivir en un estado permanente de alerta

El costo psicológico de la conexión constante no es simplemente el agotamiento. Es la desaparición gradual del contraste mental.

Cuando tu cerebro pasa continuamente entre correos, Slack, reuniones, mensajes, decisiones, noticias y problemas, rara vez recibe una señal clara de que una forma de funcionamiento ha terminado y otra ha comenzado. Incluso cuando no ocurre nada urgente, una parte de tu atención permanece disponible ante cualquier interrupción.

Técnicamente estás descansando, pero psicológicamente sigues esperando.

Y esa diferencia importa.

Las investigaciones sobre el distanciamiento psicológico del trabajo han encontrado repetidamente que la capacidad de desconectarse mentalmente durante las horas no laborales está asociada con una mejor recuperación, menor agotamiento, mayor bienestar y un mejor desempeño a largo plazo. Recuperarse no significa simplemente dejar de trabajar. Requiere que la mente deje de seguir procesando el trabajo.

Por eso, sentarse junto a una piscina mientras revisas el correo cada quince minutos no es una verdadera recuperación.

Tampoco lo es cenar mientras repasas mentalmente la negociación de mañana.

Ni ver el partido de tu hijo mientras, al mismo tiempo, monitoreas los mensajes de la oficina.

Tu calendario puede decir que estás libre.

Tu sistema nervioso sabe que no es así.

La ironía de volverse indispensable

Una vez le pregunté a un empresario cuánto tiempo podría funcionar eficazmente su compañía si él dejara de estar disponible por completo.

Respondió de inmediato.

"Tal vez dos días."

Parecía casi orgulloso.

Le hice otra pregunta.

"Has pasado quince años construyendo esta empresa. ¿No te preocupa que quince años de trabajo hayan producido una organización que solo puede funcionar sin ti durante cuarenta y ocho horas?"

La expresión de su rostro cambió.

Aquí existe una verdad incómoda para muchos ejecutivos exitosos.

Si todo depende de ti, quizá no hayas construido una organización excepcional.

Quizá hayas construido una dependencia excepcionalmente sofisticada.

El verdadero liderazgo debería aumentar gradualmente la capacidad de la organización para pensar y operar sin la presencia constante del líder. Desarrollar personas capaces significa permitirles tomar decisiones que tú mismo habrías tomado. Construir sistemas significa confiar en esos sistemas cuando no estás observándolos.

Si cada decisión importante todavía tiene que pasar por ti, la conexión permanente no está resolviendo el problema.

Puede estar perpetuándolo.

Desconectarse exige tolerar la pérdida de control

Aquí es donde la conversación se vuelve psicológica.

Guardar el teléfono es fácil.

Permitir que el mundo continúe sin ti es más difícil.

Para los ejecutivos acostumbrados a controlar resultados, desconectarse exige tolerar la incertidumbre. Alguien puede tomar una decisión diferente de la que tú habrías tomado. Puede surgir un problema sin tu participación inmediata. Un correo puede permanecer sin respuesta durante varias horas.

Y entonces sucede algo extraordinario.

La mayoría de las veces, el mundo continúa.

El equipo encuentra una solución.

El problema se resuelve.

La decisión se toma.

Para algunos líderes, descubrir esto resulta amenazante.

Para los líderes maduros, resulta liberador.

Porque el objetivo del liderazgo nunca fue volverse permanentemente necesario.

Era construir algo capaz de crecer más allá de tu capacidad personal.

El éxito debería darte más libertad con el tiempo, no menos

Una reflexión relacionada, Cuando tu identidad está construida sobre los logros: ¿quién eres cuando no ganas?, exploraba qué ocurre cuando los logros se vuelven inseparables de la identidad. La conexión constante puede surgir de la misma base psicológica. Si la productividad, la responsabilidad y el hecho de sentirte necesario han reforzado durante décadas tu sentido de valor personal, desconectarte del trabajo puede sentirse extrañamente parecido a desconectarte de ti mismo.

Por eso decirle a un ejecutivo que "trabaje menos" rara vez aborda el verdadero problema.

El trabajo más profundo consiste en aprender que tu valor no desaparece cuando dejas de producir.

Que tu liderazgo continúa incluso cuando no estás en la sala.

Que una empresa capaz de funcionar sin ti no significa que te hayas vuelto menos importante.

Puede significar que finalmente la has construido bien.

¿Qué sigues intentando demostrar?

El ejecutivo que me mostró aquella fotografía de sus vacaciones finalmente hizo un cambio.

Nada dramático.

No desapareció durante tres meses ni lanzó su teléfono al océano.

Empezó por la cena.

Durante una hora cada noche, el teléfono permanecía en otro lugar.

Al principio, me dijo que se sentía casi irresponsable.

Después, simplemente incómodo.

Con el tiempo, se volvió normal.

Meses más tarde, mencionó algo que no esperaba.

"Creo que ahora soy mejor en mi trabajo porque el trabajo ya no está en todas partes."

Esa frase resume algo que muchos líderes de alto rendimiento descubren demasiado tarde.

Desconectarse no es lo opuesto al rendimiento.

Es parte del rendimiento.

Si tu empresa no puede tolerar tu ausencia, hay algo en la empresa que necesita atención.

Si tú no puedes tolerar tu propia ausencia, quizá haya algo en ti que merezca la misma atención.

Porque el éxito nunca debió darle a tu trabajo acceso ilimitado a tu vida.

Y si todo lo que construiste exige que permanezcas psicológicamente conectado cada hora de cada día, quizá valga la pena preguntarte si realmente eres dueño del negocio que creaste.

O si, en algún momento del camino, el negocio comenzó a ser dueño de ti.

Copyright VALERIA TORRES - MINDLINK.CO